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09.09.2010
 
 
Mala sangre: Negros como conejillos de Indias PDF Imprimir E-mail
Escrito por Administrator   
02.11.2006
National Archives
Las fotos del Experimento Tuskegee de los archivos de los Centros de Control y Prevención de Enfermedades (CDC). Durante el estudio, el Servicio de Salud Pública tomó fotografías para sus archivos. La enfermera Eunice Rivers, a quien los participantes en el estudio le tenían mucho aprecio, es la única persona identificada en las fotos.


En estos días, particularmente con las elecciones a la vuelta de la esquina, las cuestiones éticas de la investigación médica son prominentes. En cada universidad o centro de investigación en el país hay regulaciones estrictas que gobiernan el estudio con sujetos humanos.

Debemos agradecer a la comunidad negra por esto. Pues no hace mucho, desde el 1932, durante los años de la II Guerra Mundial y la denuncia de los experimentos nazis con los judíos y hasta 1972 cuando un alma valiente sonó la alarma, más de 400 hombres negros fueron los objetos del infame Experimento Tuskegee, o como se conocía en la comunidad médica, el “Estudio de la evolución de la sífilis en pacientes negros no tratados”.

En 1990, una encuesta mostró que el 10 por ciento de los negros creía que el gobierno había creado el SIDA para exterminar a los negros; mientras otro 20 por ciento no podía descartar esa posibilidad.

“Ellos se preguntan por qué nosotros [los negros] no queremos ir al doctor”, dijo Kimberly Myers, una especialista de investigación que trabaja en temas de salud de las minorías étnicas y raciales. “Ni hablar de participar en estudios clínicos… Pero nosotros sabemos lo que nos han hecho y no fue hace tanto tiempo”.
 
En 1972, el periódico Washington Evening Star salió con la noticia en portada: “Pacientes de sífilis mueren sin tratamiento”. El artículo escrito por Jean Heller de Associated Press dio a conocer que por 40 años el Servicio de Salud Pública de Estados Unidos había estado haciendo un experimento sobre los efectos de la sífilis sin tratamiento en hombres negros en el condado de Macon, Alabama.

“Durante 40 años, el Servicio de Salud Pública de EE.UU. ha conducido un experimento en el cual conejillos de Indias humanos, sin recibir el tratamiento adecuado, han muerto de sífilis y sus efectos secundarios”, escribió Heller el 25 de julio del 1972. “El experimento buscaba determinar a través de las autopsias los efectos de la enfermedad en el cuerpo humano”.

A esos hombres se les dijo que eran pacientes de un programa conjunto federal y local en el Instituto Tuskegee y el departamento de salud del condado de Macon por su “mala sangre”, que era el término vulgar con que se referían a la sífilis, la fatiga y la anemia.
 
Hoy, se les habría entregado un largísimo documento legal y habrían tenido que dar su consentimiento por escrito para participar en el experimento, luego de que se les hubieran explicado todos los riesgos potenciales del estudio. Esas son las reglas para estudios con sujetos humanos. Pero ellos no fueron considerados sujetos; tampoco se les consideró humanos. Ellos fueron los objetos de un experimento cuyos resultados resultarían en el beneficio de la población blanca.

Nadie les dijo que estaban participando en un estudio. Ni siquiera se les dijo que tenían sífilis. Se les dijo que estaban siendo atendidos por “mala sangre”. Se les dijo que recibirían atención médica gratuita – un lujo inconcebible para hombres negros pobres. Pero no recibieron ningún tratamiento.

Durante los 40 años del estudio, Salud Pública se esforzó en mantenerlos al margen de las muchas formas de tratamiento existentes (incluida la penicilina cuando estuvo disponible a finales de la década de 1940) y nunca les dio un diagnóstico claro. Sin embargo, los mantuvieron bajo el control de una enfermera y les hicieron exámenes, tomaron pruebas sanguíneas, se les dio placebos, tónicos, aspirinas y almuerzos gratuitos, según la profesora Susan M. Reverby, en el libro La verdad sobre Tuskegee. Repensando el experimento de Tuskegee.

“Durante esos años, se publicaron quince informes sobre el experimento en respetables revistas científicas médicas, desde el Journal of Venereal Disease Information al Archives of Internal Medicine. Nunca se le ocultó el experimento a la comunidad médica y de salud pública estadounidenses”.

Uno de los exámenes diagnósticos fue tomar una muestra de la columna vertebral y para asegurarse de que los hombres vinieran a hacérselo, les enviaron cartas que decían: “Última oportunidad de recibir tratamiento especial gratuito”.

Para engatusarlos a participar, se les ofrecía también seguro para el entierro, pero para recibirlo ellos o sus familias tenían que consentir que se les hicieran autopsias “sin saber que los investigadores necesitaban confirmar los estragos de la enfermedad en los órganos y tejidos de los hombres”.

Como explicó un doctor, “si la población de color se entera de que aceptar la atención médica gratuita significa una autopsia, cada negrito se iría del condado de Macon…”escribe James H. Jones en su libre Mala sangre: El experimento de sífilis de Tuskegee.

Tristemente, Salud Pública y los doctores involucrados en el experimento no mostraron ningún remordimiento. Muchos usaron la misma excusa de los juicios de Nuremberg contra los nazis: nosotros seguíamos órdenes.

Estas órdenes vinieron de doctores y funcionarios gubernamentales blancos a quienes uno les puede adscribir fácilmente motivos racistas, pero el experimento se realizó en el Instituto Tuskegee, una universidad para negros fundada por Broker T. Washington. Muchos doctores y enfermeras negras y varias instituciones predominantemente negras participaron en él.

Una enfermera negra, Eunice Rivers, fue una figura central en el experimento durante casi 40 años.

Como cuenta Jones en su libro, un doctor de Tuskegee elogió “las ventajas educacionales que le ofreció a nuestros internos y enfermeras así como el prestigio adicional que le conferirá al hospital”. La enfermera Rivers explicó su papel como de obediencia pasiva: “se nos enseñó que nosotros nunca diagnosticábamos, nunca prescribíamos ¡nosotros seguíamos las instrucciones del doctor!”

Sirviendo a esos que “sirvieron”

Durante la II Guerra Mundial, 250 de los hombres se inscribieron en el ejército y se les ordenó ser tratados contra la sífilis, pero el Salud Pública los eximió. Un funcionario de Salud Pública anunció con orgullo que “hasta el momento, hemos logrado mantener a todos los pacientes positivos sin tratamiento”.

El experimento continuó a pesar de la Ley de Henderson (1943), una ley de salud pública que exigía hacer exámenes y dar tratamiento contra enfermedades venéreas y a pesar de la Declaración de Helsinki (1964) de la Organización Mundial de la Salud, que especificaba que el “consentimiento con previa información” era necesario para experimentos que involucran a seres humanos.

En el verano de 1973, la Asociación Nacional para el Avance de la Población de Color (NAACP, por sus siglas en inglés) puso una demanda judicial que concluyó en un acuerdo que les dio más de nueve millones de dólares a los participantes del estudio. Como parte del acuerdo, el gobierno de EE.UU. prometió dar atención médica y servicios funerales gratuitos a todos los participantes aun vivos.

El Programa de Beneficios de Salud de Tuskegee fue establecido para proveer estos servicios. También le dio servicios de salud a las esposas, viudas e hijos que fueron infectados debido al experimento. Se le dio esta responsabilidad a CDC.

Irónicamente, el CDC, en un intento por honrar a los hombres, mujeres y niños sacrificados en nombre de ciencia mala, dice que el programa sirve a quienes sirvieron. Sería interesante ver si alguien se atrevería a llamar al asesinato sistemático de judíos durante la II Guerra Mundial un “servicio”.

Perdón
 
Hubo que esperar hasta 1997 para que el gobierno de EE.UU. pidiera perdón formalmente por el experimento. El presidente Bill Clinton, en presencia de los sobrevivientes y sus familiares, dijo:

“A los sobrevivientes, a las esposas y familiares, a los hijos y nietos yo les digo lo que ustedes saben: ningún poder en la Tierra puede devolverles las vidas perdidas, el dolor, los años de tormento y angustia.

“Lo que se hizo no puede deshacerse. Pero podemos terminar con el silencio. Podemos dejar de virar nuestras cabezas. Podemos mirarles a los ojos y finalmente decir en nombre del pueblo estadounidense: lo que el gobierno de Estados Unidos hizo es vergonzoso.

“Y yo lo siento”.
Última modificación ( 11.01.2007 )
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