| Miguel Ángel Álvarez. |
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La violencia afecta ambas comunidades. |
Patricio Carrera
08/26//05
A las seis de la mañana Francisco ya está sentado frente al parqueadero de la tienda Toys R’s en el sector del Langley Park, donde todos los días espera por trabajo, mientras de cuando en cuando se saca la gorra para rascarse la nuca mientras observa de cerca 2 cruces hechas con palos de madera que señalan el sitio donde encontraron muertos a Aníbal Escobar Cruz y César Mayorga a quienes los asesinaron a cuchilladas.
“¿Qué podemos hacer?” se pregunta resignado, “solo se que uno era chapin como yo”, exclama con temor sin dejar de mirar los carros que pasan cerca; alrededor suyo se arremolinan decenas de jornaleros que prefieren no referirse al tema “ luego de trabajar, si conseguimos, tenemos que regresar acá mismo y así todos los días” dice otro ligeramente enojado mientras se frota las manos duras con manchas de pintura, “ahora solo falta que empiecen a mandar a los de migración” sentencia al tiempo que corre, junto a otros 20 latinos que salen detrás de una Van blanca con escaleras en el techo.
| Miguel Ángel Álvarez. |
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| José Efraín Orellana dijo: “Me gustaria saber quiénes le hicieron esto a mi hijo Jessie para hacerle lo mismo a ellos”, mientras buscaba el vehículo de su hijo que quedó abandonado entre las calles 15 y 14, en Langley Park. |
Francisco y otras tres personas logran colarse en el vehículo casi a la fuerza al rato el carro reanuda la marcha, el resto se devuelve, mientras otra tanda de jornaleros le cierran el paso a una camioneta azul con el logo de una empresa en la puerta. La mañana transcurre lenta , los contratistas escasean asi que no todos logran conseguir un trabajo, cerca de 100 trabajadores se esparsen en el parqueadero buscando un buen ángulo que les de suerte para el “jale”.
El mediodía es mala señal, la mayoría sabe que ya es una jornada de labor perdida, poco a poco se van marchando, “toca devolverse, es mejor no estar afuera la Policía empieza a molestar y nos vayan a confundir con pandilleros, no quiero problemas”, dice Santos quien vive en el sector desde hace cuatro años, según contó las noches son más peligrosas, “desde el apartamento donde vivo con mis primos se escucha gritos, peleas y hasta disparos”.
Otros se dividen en grupos por todo el centro comercial y uno que otro entra a la licorería del lugar de donde salen con bolsas de papel que contienen botellas de cerveza, “hace calor y tenemos sed”, exclama Antonio , quien más allá se junta con otros “cuates” y se cobijan a la sombra de un árbol.
El paisaje humano empieza a cambiar y la plaza tomada en la mañana por jornaleros ahora es tránsito de mujeres con sus hijos que salen de compras y jóvenes sigilosos que pasean el aburrimiento con las manos en los bolsillos.
De repente, una pelea explota como un petardo, dos negros sin razón aparente atacan a un latino de aproximadamente 20 años, los pocos trabajadores que quedan no regresan a ver “esto pasa siempre, los morenos son jodidos, mire como le pegan a ese pobre”, dice Mauricio quien inmediatamente marca el 911 desde su celular.
La pelea no dura mucho, el joven hispano retrocede temeroso mientras su atacante sale junto a otra mujer de raza negra hacia la calle sin dejar de maldecir a su oponente; a los 20 minutos una patrulla de la policía de Prince George pasa muy despacito por la avenida, sorprende a los peliaringos que caminan como si nada una cuadra más abajo, el oficial intercambia palabras de advertencia y se va, los revoltosos hacen el ademán de retirarse pero a los cinco minutos vuelven a deambular por la zona.
“Para qué vamos a denunciar” dice Mauricio, cuando se llama no atienden en español y a veces llegan muy tarde como ahora, por fortuna no pasó nada”; cree que la gente no pide ayuda a la Policía porque piensa que los pueden deportar o tienen miedo a las represalias de los mareros, asegura Mauricio, apoyado sobre una barda negra de metal junto a una señora que empuja un carrito con helados de venta, “este es territorio de las maras”, comenta suspirando.
Dos cuadras hacia el sur sobre la calle Merrimack en el mismo sector, transitan distraídos tres muchachos, frente al edificio de club de “Boys and Girls” del Langley Park, donde la semana pasada una chica fue herida con un cuchillo por un desconocido que la atacó al salir del lugar. Uno de ellos Ricardo de El Salvador esconde su brazo tatuado con una de las manos y su camisa deja notar tres letras en su pecho, “no soy pandillero” asegura, “me confunden porque tengo los tatuajes, pero esto no es nada”, lo que pasa es que no hay trabajo así que salgo a caminar”, sus otros dos amigos de 16 y 18 años miran desconfiados.
El menor de todos comenta que está en la escuela “ahora nos reunimos con amigos, no hacemos nada pero si nos atacan nos defendemos” dice sin dejar de mirar la calle por donde pasa un auto blanco deportivo, un silbido largo empuja su mirada y del carro una mano con el índice y el pulgar levantado le saluda y él responde de la misma manera.
No quieren hablar a pesar de que un reportero del “Baltimore Sun” trata de preguntar sobre la existencia de gangas en la zona, pero recibe un movimiento de hombros como respuesta, el reportero insiste pero las respuestas son evasivas.“Ahora que estoy sin trabajo mis amigos me ayudan, me invitan a comer o me prestan dinero para la renta”, explica Ricardo quien cuenta tambiën que por lo general no están en la calle, se reúnen en los departamentos “donde hacemos fiestas con amigos y amigas, charlamos, escuchamos música o tomamos cerveza”, “tratamos de no hacer mucho ruido para que los vecinos no llamen a la Policía”.
Sin mucho afán, los muchachos buscan en el suelo un hueco que le calce bien a sus traseros, se sientan cerca de los árboles del parque del sitio a lo lejos otro grupo de jóvenes caminan en su dirección, al juntarse se saludan siguiendo un proceso enredado que saben de memoria, no se quedan mucho tiempo y se pierden entre las trailas de comida de la calle 14.
La escalada de violencia en el sector de Langley Park mantiene atemorizados a sus habitantes. la activista Doris de Paz de Casa de Maryland señala que se trata de un problema de vigilancia policial, “no existe la debida protección de las autoridades”, insiste, mientras se pregunta cómo es posible que “no puedan controlar 32 millas a la redonda que es la extención del sector del problema”, asegura un poco enfadada.
A principios de semana los dirigentes de Casa de Maryland organizaron una reunión con el Fiscal de Princes George y oficiales de la Policía para tratar el problema, “cerca de 100 moradores vinieron a la reunión esperábamos más, pero creo que la mayoría tiene miedo” dice De Paz. En esa reunión el fiscal y la Policía se comprometieron a encontrar una solución urgente además les adelantaron que el estado aumentará 150 hombres anuales a la Policía durante los próximos cinco años.
Algunos dirigentes sospechan que las pandillas tratan de operar desde esta zona porque limita con Montgomery County, además está cerca de Washington DC, en un radio de acción que se puede trazar en un triángulo. “Falta colaboración entre las Policías de ambos condados” comenta De Paz quien cree que esto es esencial en el combate contra las maras.Por eso Horacio es escéptico “ayudo a la comunidad de Langley Park desde hace 10 años dando clases de inlgës en el centro comunitario de Langley Park así que he visto el problema desde el principio, “las maras están en todas partes y la vigilancia policial es mínima” dice convencido “aqui operan las pandillas que se reúnen por todos lados, sin tomar en cuenta los que venden drogas, “cómo puedo mandar a mis hijos a los sitios comunitarios si están en zonas donde se reúnen los pandilleros”, se pregunta.
El ciudadano opina que no hay suficientes programas extra escolares para los jóvenes latinos que al llegar tienen miedo de todo, y cuando ya se instalan en el barrio aprenden a temer a los pandilleros, insiste Horacio.
La noche no tarde en llegar, el paso de los transeúntes se apresura mientras algunos de los jornaleros que salieron en la mañana y no consiguieron trabajo, cruzan tambaleantes silbando, las luces de las trailas de comida se encienden, los adultos desaparecen y decenas de jovencitos caminan sigilosos; un murmullo extraño como el de un nido de abejorros se amplifica, la oscuridad llega y el miedo ahora se viste de negro. n
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