Felicia H. Stewart, MD, Wayne C. Shields, Ann C. Hwang, MD
UCSF Center for Reproductive Health Research & Policy
06/17/2005
En el epicentro de advertencias de que los investigadores
que estudian el SIDA y otras enfermedades de transmisión
sexual podrían enfrentar un escrutinio especial, parece ser
que el curso apropiado es responder a las instrucciones del personal
del Instituto Nacional de la Salud (NIH) de purificar los sumarios
de solicitud de fondos de términos potencialmente controversiales.
Después de todo, una copia rápida del documento y
unos cuantos cambios de palabras parecen compromisos inofensivos,
pero, ¿lo son realmente?
Cuando el The New York Times y la publicación Science lanzaron
la historia del escrutinio linguístico en la NIH en mayo
de 2003, la lista de las terminologías ofensivas incluía
“gay”, “homosexual”, “hombres que
tienen sexo con hombres”, “intercambio de aguja”,
“aborto”, “efectividad del condón”
y “trabajadores comerciales del sexo”. Al ser “aborto”
el tema candente de la política contemporánea estadounidense,
muchas palabras y frases se han convertido en blanco por su asociación
real o imaginaria aborto.
En mayo de 2002, en la sesión especial de la Organización
de las Naciones Unidas sobre niños, la delegación
de Estados Unidos objetó el uso de la frase “servicios
de salud reproductiva”, argumentando que se asocia con el
aborto. Haciendo una alianza con Irak, Irán, Libia, Sudán
y El Vaticano, el equipo estadounidense presionó para la
eliminar la frase “servicios de salud reproductiva”
de la declaración final de la conferencia.
Seis meses después, el tema volvió al tapete, esta
vez durante la conferencia de las Naciones Unidas sobre población,
en Bangkok. Ahí, la delegación estadounidense amenazó
con salir del Programa de Acción El Cairo –la piedra
angular de las políticas internacionales de población
desde que se adoptó en 1974 durante la Conferencia Internacional
Sobre Población y Desarrollo (ICPI)- a no ser que el término
“servicios de salud reproductiva”s fuera eliminado.
En abril de 2003, el Vaticano publicó un glosario de 900
páginas de palabras y frases que la organización considera
que son códigos de sentimientos anti-católicos. El
lexicon sobre Términos Ambiguos y Coloquiales sobre la Vida
de Nuestra Familia y Temas Éticos amplía la nube de
sospecha para sitiar no solo el aborto sino la sexualidad en general.
El Léxico discute no solo la “salud reproductiva”
y “los derechos reproductivos, sino también “el
sexo seguro” y “género”, lo cual el Cardenal
Alfonso López Trujillo, director del Consejo Pontifical para
la Familia, sugiere “feminismo ideológico radical”.
El Léxico dice que “sexo seguro” “alimenta
una ilusión peligrosa y abre el camino a consecuencias perversas
y concluye que no hay prueba de que los condones pueden prevenir
la diseminación del SIDA”.
Las organizaciones no-gubernamentales (ONG) están ya familiarizadas
sobre los tipos de demandas que se ejercen en estos días
sobre los científicos. Un cable de la Agencia de Estados
Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) en enero de 2003,
les pidió a las agencias que reciben fondos para la lucha
contra el SIDA que revisen sus sitios web para “asegurarse
de que el contenido sea apropiado”.
Todas las publicaciones y programas apoyados por US-AID deben reflejar
“las políticas de las administración Bush”,
decía el cable, y “las actividades y comunicaciones
relacionadas” que involucran la intervención en grupos
de alto riesgo tales como prostitutas y adictos a drogas inyectables,
“deben ser manejados de forma sensible”.
Recientemente, se reportó que el administrador de USAID Andrew
Natsios le prohibió a algunas ONGs que tenían contratos
con USAID que hablen de forma directa con los medios y amenazó
con cortar los fondos a los grupos humanitarios que de forma inadecuada
promuevan el hecho de que reciben los fondos de Estados Unidos.
Las ONGs deberían considerarse como “un brazo del gobierno
de Estados Unidos”, se dice que dijo Natsios, un estándar
que la administración también parece estar aplicando
a los científicos que reciben fondos del gobierno.
Sin embargo, dadas las realidades de los fondos y concesiones ¿qué
debemos hacer los que estamos interesados en promocionar “servicios
de salud reproductiva”, “derechos humanos y la salud
de “los hombres que tienen sexo con hombres”?
El primer paso es reconocer que cepillar el lenguaje no es un compromiso
moderno, sino más bien una práctica faustiana. Lo
segundo es hacer un compromiso personal de trabajar de forma asidua
contra la censura a los científicos cuando se quiere arrancar
los textos “controversiales”.
La atmósfera actual de anti-intelectualismo no es más
que lo que antes fue la quema de libros. Cuando “género”
y “sexo seguro”son considerados subversivos y la investigación
para reducir la incidencia del HIV entran en el escrutinio político,
la amenaza no solo es contra los investigadores que trabajan en
areas controversiales, sino contra toda la comunidad científica.
Orweliana en su fervor, dimensión y ambición, a guerra
contra las palabras no es solo una amenaza contra el discurso, sino
que estigmatiza corrientes enteras de pensamiento. Se necesita más
que nunca de posiciones de solidaridad profesional contra la censura
del discurso y de la independencia científica. No se dejen
engañar por un compromiso aparentemente modesto. No hay lugar
para esconderse: su disciplina intelectual podría ser la
próxima.
Original link: http://www.arhp.org/editorials/september2003.cfm
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