Eduardo Gudynas
Americas Program, International
Relations Center (IRC)
05/20/2005
Los jefes de Estados de América del Sur han lanzado la propuesta
de una “comunidad de naciones” que engloba a 12 países,
cubriendo 17 millones de kilómetros cuadrados, con 361 millones
de habitantes y un producto bruto interno de más de US$ 970
mil millones.
La iniciativa tuvo lugar en diciembre de 2004, en el marco de la
tercera cumbre de jefes de Estado, en la ciudad de Cuzco, en el
corazón de los Andes peruanos. Sus principales animadores
fueron los presidentes Lula da Silva de Brasil, y Alejandro Toledo
de Perú, con el fuerte apoyo del Mercosur, el argentino Eduardo
Duhalde.
Una aventura tan ambiciosa como una “Comunidad de Naciones”
despierta rápidamente el apoyo ciudadano en América
Latina, ya que ese objetivo tiene una larga historia desde los tiempos
de la conquista de la independencia. Si bien eso hace que sea difícil
revisar críticamente cualquier medida en ese terreno, sigue
siendo necesario hacerlo. En especial en el caso de la “Comunidad”
hay varias buenas intenciones, pero pocas medidas concretas junto
a un fuerte énfasis en las vinculaciones comerciales.
La Comunidad Sudamericana de Naciones (CSN) fue presentada como
un programa muy ambicioso, y sus defensores la comparaban con la
Unión Europea. Sin embargo los presidentes no firmaron un
tratado de constitución de la “Comunidad”, y
apenas lograron una declaración con compromisos genéricos
en temas como luchar contra la pobreza, generar empleo, asegurar
la educación o comprometerse con la paz y la democracia.
Su principal objetivo era la creación de un “espacio
sudamericano integrado en lo político, social, económico,
ambiental y de infraestructura”, y que la Comunidad se desarrollaría
apelando a la “concertación y coordinación política
y diplomática”, y en especial por medio de la convergencia
de los dos grandes bloques comerciales: el Mercado Común
del Sur (Mercosur) y la Comunidad Andina de Naciones (CAN), junto
a Chile, Guyana y Suriname.
El acercamiento propuesto es esencialmente económico, basado
en el acuerdo de complementación comercial entre los dos
bloques, y muy especialmente por medio de la conexión por
carreteras, energía y comunicaciones. Es cierto que la Declaración
de Cusco invoca otros objetivos como la promoción del desarrollo
rural o la transferencia de tecnología, pero su componente
más concreto y evidente es fortalecer la infraestructura
regional, apoyando los actuales programas en curso, entre los cuales
se destaca nítidamente la Iniciativa Infraestructura Regional
de Sud America (IIRSA). No se lograron precisar otros pasos concretos
y se encomendó a los ministros de relaciones exteriores que
preparen un plan de acción.
IIRSA es un vasto programa de construcción de nuevas carreteras,
puentes, hidrovías e interconexiones en energía y
comunicaciones en todo el continente, pero en especial en las zonas
tropicales y andinas. IIRSA es un resultado de la primera cumbre
sudamericana de presidentes (2000), y ha llegado a manejar unos
300 proyectos de integración, algunos de los cuales se están
concretando. Cuenta con financiamiento del Banco Interamericano
de Desarrollo, la Corporación Andina de Fomento, el fondo
financiero de la cuenca del Plata (FONPLATA) y agencias gubernamentales
de Brasil.
Uno de los pocos acuerdos concretos del lanzamiento de la CSN fue
la reorganización del IIRSA, reduciéndose el número
de emprendimientos de 300 a 31que pasan a estar amparados por la
Comunidad. Entre las obras aprobadas en Cuzco se encuentran la conexión
carretera desde el estado de Acre, en la selva amazónica,
hacia el departamento de Madre de Dios en Perú, para alcanzar
una salida a mar en el Pacífico. La polémica que existe
detrás de ese tipo de emprendimiento es enorme, ya que la
apertura de nuevas carreteras en esa zona amazónica de Brasil
determinará que la explotación agrícola, ganadera
y minera en los estados de Rondonia, Mato Grosso y Acre podrá
contar con vías de salida para las exportaciones, y por lo
tanto aumentará vertiginosamente. El avance actual de la
ganadería y la agricultura, en especial en soja, es muy importante
a pesar de las restricciones en el transporte; si se contara con
nuevas vías de salida, esos sectores crecerían todavía
más. Entre sus impactos sociales se encuentran el desplazamiento
de la agricultura familiar y la marginación de grupos indígenas,
y entre los ambientales, la pérdida de bosques tropicales,
el aumento de erosión y el incremento de contaminación
por agrotóxicos. Sin olvidar que tanto la apertura de nuevas
carreteras en Perú como la liberalización comercial,
impactará directamente sobre los agricultores peruanos que
difícilmente podrán competir con muchos de los productos
del Mercosur.
Considerando estos claroscuros, surge la pregunta ¿por qué
Brasil insiste en crear una Comunidad Sudamericana? La evidencia
disponible demuestra que esa estrategia se debe por un lado a su
estrategia de fortalecer sus programas de infraestructura orientadas
a la exportación y por el otro de expandir al Mercosur en
su versión de zona de libre comercio.
En efecto, los planes en infraestructura son una cuestión
clave en la estrategia actual del gobierno Lula da Silva. Han recibido
un fuerte apoyo en el programa quinquenal, disponen de líneas
de crédito en manos del banco estatal de fomento del desarrollo
(que financia varios emprendimientos dentro de Brasil como en los
países vecinos en el marco de IIRSA) y responde a las demandas
de la agroindustria. Tanto en Brasil como en los demás países,
las concepciones económicas actuales asumen que el aumento
de las exportaciones es uno de los factores indispensables para
lograr mayor ingresos económicos, que son fundamentales para
mantener tanto al Estado como para pagar la deuda externa. Lograr
un aumento todavía mayor de las exportaciones sólo
es posible si se cuenta con más y mejores carreteras, conexiones
a nuevos puertos y en especial salidas a la costa del Océano
Pacífico, dada la creciente demanda desde China y el sudeste
asiático.
En ese sentido, la CSN es funcional a esa búsqueda de salidas
exportadoras, y eso explica que si bien sus objetivos son muy amplios,
no existen planes de acción concretos en otros temas como
la lucha contra la pobreza, aunque se insiste en construir nuevas
carreteras e hidrovías. Sus propias metas comerciales pueden
generar nuevas tensiones entre sus miembros ya que muchos de ellos
exportan más o menos los mismos productos, no han logrado
coordinaciones productivas y por lo tanto compiten directamente
en los mercados internacionales.
Tampoco puede olvidarse que la creación de la CSN está
inserta en el modelo de ampliación del Mercosur que promueve
Brasil y que avanza por medio de acuerdos comerciales con los países
andinos. El convenio de complementación comercial CAN--Mercosur
convierte a buena parte de América del Sur en un embrión
de una zona de libre comercio sudamericana.
Esta es una “expansión débil” del Mercosur
donde se suman nuevas naciones solamente como “miembros asociados”,
y por lo tanto no ingresan a la estructura de compromisos políticos
del bloque propia de los “miembros plenos”. Si bien
el Mercosur aumenta en número, no logra alcanzar mecanismos
de coordinación productiva ni fortalece su estructura política
sustancialmente (manteniendo el esquema de los acuerdos de 1994).
El nuevo Mercosur expandido tampoco ha logrado ser un instrumento
efectivo en regularizar las relaciones entre países asociados
y vecinos, ya que se mantienen los diferendos fronterizos entre
Bolivia y Chile; lo que a su vez deja planteada la duda sobre cómo
concretar una Comunidad Sudamericana donde dos miembros todavía
no tienen relaciones diplomáticas.
En el momento que se promovía la creación de la CSN,
se mantenían las disputas comerciales de baja intensidad
entre los miembros planos del Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay
y Uruguay). Para varios jefes de Estado era necesario fortalecer
el Mercosur antes de avanzar en el acuerdo con la Comunidad Andina
o en pensar en una Comunidad Sudamericana. Ese contexto explica
que los presidentes de Argentina, Paraguay y Uruguay no participaran
del lanzamiento de la Comunidad, generando mucha incertidumbre sobre
su futuro inmediato, a la vez que enviaban un claro mensaje al presidente
Lula.
La idea de la Comunidad también representa muchos riesgos
para la CAN, la que se encuentra tensionada desde varios frentes:
por un lado la negociación de acuerdos de libre comercio
entre Colombia, Ecuador y Perú con los Estados Unidos, y
por el otro, el creciente distanciamiento de Venezuela y las demandas
de Brasil de una relación más estrecho. De esta manera,
la CAN se “estira” entre esos dos polos, y por cierto
que embarcarse en la CSN no soluciona sus problemas.
Finalmente, la idea de una asociación restringida a Sudamérica
es un nuevo golpe al sueño de unidad Latinoamericana; es
un proyecto donde quedan marginadas Centro América, el Caribe
y México. Esta concepción subregional de la integración,
donde como hecho notable se olvida a México, ya estaba presente
cuando se convocó a la primera cumbre presidencial de América
del Sur, por el entonces presidente de Brasil, Fernando Henrique
Cardoso. La situación actual es en buena medida la continuación
y acentuación de las ideas brasileñas de aquellos
tiempos.
De esta manera, si bien el anuncio de una Comunidad Sudamericana
de Naciones invoca el persistente sueño de una unión
de gobiernos y pueblos, la propuesta actual se mantiene en el camino
de los acuerdos comerciales tradicionales. En realidad, una unión
Latinoamericana requiere recorrer otro camino, con una mayor atención
a las demandas sociales y políticas.
Eduardo Gudynas es analista de información en D3E (Desarrollo,
Economía, Ecología y Equidad en América Latina)
y es analista del Programa
de las Américas del IRC. Las opiniones son exclusivamente
del autor. |